Me resulta enfermizo y a la vez enternecedor que le den tanta importancia a Salvador Cabañas. ¿Quién era para mí este deportista -ahora ejemplar- antes de que un tipo cualquiera le dejara alojada una bala en su cabeza? Nadie. ¿Quién es ahora que una docena de doctores desayunan, comen y cenan a un lado de su cuarto en el hospital en que se recupera, esperando a que reaccione y a que su cerebro deje de hincharse? Nadie. Quizá eso es ahora lo que me resulta bastante cursi y a la vez profundamente terrible. Su prescencia en cada rincón, en los ademanes de la gente, en la charla de sobremesa, en las iglesias, etc. La máxima de “cada quien escoge a sus héroes” me encanta, la aplico aquí si quiero, por supuesto. Más de 30 héroes personales gritarían el “Dispara si tienes huevos”, sin pensarlo. Sin embargo, varios de ellos lo han hecho, como personajes de ficción, y varias veces, no sólo una. ¿Era necesario que la gente se enterara de lo bien portado que era Cabañas en un momento tan crucial como ese? Me confunde. Me sigue confundiendo todavía.
Hoy mi madre me ha llamado al trabajo y me dice que si sé algo de él. Si hay noticias relevantes. Le ha pedido a la mitad de sus amigas que recen por él y enciendan una veladora. Cierra amablemente -como siempre, mi madre es un pan dulcísimo- diciéndome que a veces a las personas que menos te esperas, le ocurren las peores cosas. “Lástima. Tan buen chico. Un gran deportista”. Pero a mi madre no le gusta el futbol. No sabe ni siquiera qué hacía tan tarde en un bar discutiendo a lo mexican showdown con dos tipos armados. Sé que dentro de un tiempo no le interesará saber si dentro de un mes queda en coma o si en realidad vuelve a jugar con un nuevo contrato para El Arsenal. Según mi madre, lo importante ahora es que no muera. Pero sabemos que lo importante es la telenovela de los medios. Que siga su curso tratando de pudrir lo sano, como es su costumbre. Está mal, está perdido, todo está perdido desde hace mucho. Y eso precisamente es lo que me enferma.